
Pasaron varios días antes de que la volviera a ver, para ser mas exacto fue el domingo en la plaza, a donde solía ir con la abuela en las tarde luego de la misa matutina. La doña me vio y se dirigió a mi encuentro, me saludo y dijo que extrañaba mis flores. Yo sé que era solo una excusa para ella también, vivía sola y había encontrado en mí a un buen oyente, a un buen compañero de diálogos y un competente mensajero de las noticias que daban la vuelta al mundo. Para que no les quepa duda, soy hijo del siglo XX y adicto a los vicios tecnológicos del sigo XXI, pero me encanta montarme en esa maquina del tiempo que llaman autobús y retroceder en él hasta la época de mis abuelos y sentirlos a través de esa señora que dejaba escapar historias vívidas de su anciana boca. Sé que soy de las únicas personas que ve en casa, a parte de su nieta y la servidumbre que la acompañan, los últimos tienen tanta o más edad que ella como para aventurarse a una nueva vida que no les dará tiempo para que se acostumbren, así que optaron por quedarse atrapados en el pasado junto con la Doña. Su nieta no reparó su mirada en mí, me sentí profundamente aliviado por eso, aunque a conciencia sé que me vio un par de veces por el rabillo del ojo, hasta que su abuela le pidió que mostrara sus modales. Con una reverencia de cabeza y una ligera sonrisa que me pareció forzada se limitó a saludarme.
Ya tenía como 3 años luchando con mis hormonas, mi moral y mi ego. Ya esta claro que me atraía, quizás un poco más que atraer. Sabemos que aquello que se nos hace difícil nos atrae más aunque sea igual a lo que tenemos fácil. Mi moral se plegaba incondicionalmente a la Doña y al respeto que por generaciones se había mantenido entre mi familia y la de ella. Pero mi ego, ese ego masculino que acompaña a mi sexo desde la época de las cavernas, me incitaba a ir mas allá, a querer mas de lo que, claro esta, no había tenido: un par de palabras y unas cuantas reverencias corteses. Pero las ocasiones siempre se presentan, y ese día llegó. El porque hago referencia a lo del ave, al encuentro en la plaza tiene una razón: se que en esas dos ocasiones específicamente ella tuvo conciencia de mi existencia; ella supo que el único hombre respetable en kilómetros a la redonda, según las palabras de su abuela, era yo. También las traigo a colación porque en esos dos momento comprendí 3 cosas que por el resto de mi vida me acompañaran y seguramente me harán recordarla en mi lecho de muerte: a pesar de las diferencias humanas todos enfrentamos el dolor de igual manera con diferentes reacciones, el tiempo y las oportunidades siempre te dan opciones para que definas tu vida y que la muerte es solo un estado de reposos eterno que te da inmortalidad.
Esa noche, a pesar de que la luna que se lucía en lo alto, los nubarrones de tormenta anunciaban horas largas de lluvia. Recuerdo que me quede en la gran casona por petición explicita de la Doña. Esa noche había tenido una cena, cosa especialmente rara en esa casa a donde nadie iba, y por querer pasar un rato más en compañía, luego de despedir a la visita, me pidió que me quedara para evitar que me mojara antes de llegar a mi casa. Pensé que la ocasión estaba dada, pero antes de que pudiera terminar de regocijarme ante las posibilidades abiertas, ella, la de los ojos azules se había escapado de la obligada copa de vino en el salón principal donde días atrás ella fue oficiadota de un funeral y donde los rostros aburridos de los cuadros parecían especialmente sombríos en sus gruesos marcos de madera maciza, como si estuvieran a la espera de algún suceso inesperado. Tras la partida de los visitantes y de una amena pero extraña conversación sobre legislación mercantil y detalles sobre sucesiones y herencias, me ofrecieron una de las habitaciones cercanas al salón, me despedí cortésmente, y la Doña me dijo que siempre agradecería la ayuda y la compañía que había sido para ella.Confieso que no podía conciliar el sueño, pensaba en lo diferente que hubiese pasado esa noche si ella fuera diferente y si se hubiese quedado con nosotros a charlar. Hoy soy conciente de que si ella hubiese sido diferente, como llegue a desear en esa cama solo y con una tormenta latente afuera, hoy no tendría una historia, no habría aprendido algo de ella. La tormenta se desató y escuchaba el crujido de las ramas, el silbido del viento a través de las hojas y las gruesas gotas de lluvia que golpeando los cristales de la ventana. El aire frío se colaba por las rendijas de los marcos de madera y parecía que hacia una fiesta dentro de la casa levantando cortinas y manteles. Me pareció eterno, y el sueño no llegaba a mí. Daba vueltas, tratando de apartar de mi mente todas las locas ideas que me cruzaban.





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