sábado, 15 de noviembre de 2008

HISTORIA DE AZUL PROFUNDO (I parte)


Entraba la tenue luz de la luna por la rendija de la ventana, apenas dibujaba siluetas en medio de la oscuridad de la estancia vacía, solo sillones y mesas, jarrones llenos de flores plásticas con colores diluidos, cuadros de ostentosos marcos y aburridos rostros. Reconozco que sé lo que hay porque lo he visto todo ante la luz reveladora del sol, pero se preguntaran porqué hoy les hablo de un acontecimiento particular, y de paso en medio de la noche que había dejado asomar a la luna y las estrellas que estuvieron cubiertas por nubes de tormenta y gruesas gotas lluvia por horas.


En esos días, antes de la noche a la que hago alusión, de esos en que acostumbraba a desafiar las leyes tácitas de quienes vivían en esa casa, cabe aclarar que no era ni es mía, traje flores cultivadas a conciencia y con destreza por un jardinero de particular fama, de él ya les comentaré, porque ya las flores de plástico que en algún momento fueron rojas ahora eran casi blancas y les urgía cambio, aunque siempre las encontraba de nuevo en los mismos floreros y en la misma mesas del imponente y sobrio salón principal. Lo cierto es que iba a asomarme por la ventana a dar los buenos días como acostumbraba hacer al ir de visita cuando, casi por inercia detuve mi palabra en el borde de mis labios mientras las flores caían al suelo. La imagen no era apta para cardíacos y menos para menores; no, no, no… nada sexual si es lo que están creyendo, es más inocencia pura emanaba de ese rostro, pero me resultaba macabra la escena en su conjunto. Sobre el mantelito blanco de tejido francés un ave muerta yacía, mientras la nieta de la Doña de la casa le miraba con aquellos ojos azules profundos que me cortaban el aliento cuando los lanzaba en dirección a mis tímidos ojos pardos, situación que fue muy esporádica.


No era mujer completa, pero hacia días que había dejado de ser una niña, yo la miraba con cierta ansiedad que se denotaba en el sudor de mi frente cuando pasaba junto a mi cada domingo por la plaza del pueblo, único día por cierto que se le veía la cara a la gente de esa casa, cuando no las visitaba. Recuerdo que cuando aun jugaba con muñecas, y llevaba 2 trenzas doradas como el trigo maduro con cintas blancas en las puntas, ya mis hormonas empezaban a agitarse en mi cuerpo. Ya les es claro que no era un hombre completo, era lo que llaman un adulto joven por no decirme que aún no tenía definida mi personalidad pero aún así podía ir a la cárcel si cometía un crimen. Ella debe ser unos años menor que yo, pero aun la inocencia de su niñez la lleva en su cara, pero me daba curiosidad saber si aún la tenía en el alma o en la piel. Ella era chica cosmopolita, solo venia cuando el frío azotaba en París, son 9 meses en la ciudad para encerrarse casi tres en un pueblo al que no se podía llegar solo, a menos que te perdieras en el camino, y primero tendrías que cruzar el océano Atlántico desde donde ella vivía.


Lo cierto es que lo que une nuestras almas es un agradecimiento de varias generaciones y el hecho de que las tierras de su familia colindaban con las mías. Estábamos destinados a conocernos, pero lo que no hallo entendible es que no me mira como a su igual, sino como un campesino inculto e indigno de ser tratado por ella. Pero aclaremos algo, ni soy campesino, ni soy inculto y mucho menos indigno de su trato. Soy tan cosmopolita como mi género masculino me lo permite, también vivo en una gran ciudad, de tercer mundo pero ciudad y capital al fin. Culto soy, sé de todo en la medida de lo que mi cerebro me ha permitido, estudiado y graduadísimo en Leyes. ¿Digno? Pues como no sería digno si soy tan igual a ella, que lo que nos diferencia es el mundo en que vivimos, el idioma en que hablamos en esos mundos, los problemas citadinos (para ella son mas chic), la moneda, la política, la economía… ¡Oh Dios! Ya dudo en cuanto a todo eso de dignidad… Pero no todo es cuestión de medio sino de esencia.
A33
CONTINUARÁ

No hay comentarios: