
Pero volviendo a ese día en particular, ya han pasado tantos años y aun lo recuerdo, ella posó sus dedos sobre el ave inerte, le frotaba el pecho, creo que pensaba que lo podía revivir, sabia de buena fuente que lo había rescatado de una muerte segura de las fauces de Duque, el gato de la Doña, y que le había hecho nido en una jaula cercana a la ventana del salón principal. A estas alturas ya habrán entendido que lo de las flores era una vulgar excusa para ir. La servidumbre comentaba que desde que el ave llegó a sus manos había cambiado un poco de actitud, que era una de las pocas veces que ella se veía feliz de estar allí. Su alegría en la casona familiar se le escapó de los labios y del corazón cuando, mucho antes de que azotara el frío invierno en Paris, volvió a la casa y duro casi 6 meses. Sus padres habían muerto en un accidente aéreo, del cual nunca se tuvo una explicación. Su padre, un alto dirigente político de renombre, conocido sobre todo por ser opositor contundente del gobierno y sus relaciones con otras naciones lejanas del hemisferio norte; su madre, de una belleza aplastante, el adorno perfecto para tan prestigioso político y madre perfecta para la creación de una delicia de criatura. En semejante marco la chica, que para aquel entonces tenia 14 años, se cobijó bajo la imponencia de la casa de su abuela y la anonimidad de un pueblo inexistente para el resto del mundo. Lo cierto es que el ave nunca volvió a la vida. Ella insistía en volverlo a la vida presionando sobre el pecho ya frío y rígido.
Dicen que a raíz de la muerte del padre, su abuela se volvió extremadamente sobreprotectora al punto que la sofocaba con los cuidados y las vigilancias, de no haber sido porque estudiaba en un internado y regresaba solo cada 9 meses seguramente hubiese enloquecido. Tomó al ave y en el mismo mantelito de tejido francés envolvió a quien fue dueño absoluto de su atención por un corto tiempo. No se supongan que soy de esos locos que pierden la cabeza y el corazón por una mujer y nunca lo superan. Yo ya lo superé. Pero lo que les relato tiene una razón de ser, y verán que ella, yo, la casona, la abuela y el ave muerta somos todos en algún momento. Pero mejor continuo con mi relato, no nos adelantemos a los acontecimientos.
Mientras la veía envolver al ave, un frío indescriptible recorrió mi espalda. Lo hacia con una delicadeza exagerada como si no quisiera dañar las plumas o romper algún diminuto hueso. Coloco nuevamente el mantelito blanco que ahora era una especie de ataúd improvisado y casi faraónico, por lo de las momificaciones egipcias, sobre la mesita y tomo un crucifijo en sus manos, y cerrando los ojos empezó a murmurar en un tono inaudible a mis oídos, pero seguro tan fuerte para ser oido por Dios. Fue cuestión de minutos, dejo de murmurar y dirigió hacia la ventana, y obviamente sobre mi, sus profundos ojos azules que fulminaron como una centella el rictus de asombro que tenía en la cara. Me sobresalté, y como el niño pillado en una travesura, salí corriendo hacia la puerta trasera que daba a la cocina. Corrí hasta que sentí que me faltaba el aire y la puerta estaba abierta de par en par ante mí. Me serene, sacudí el polvo de mis pantalones arregle el cuello y los puños de la camisa, en ese preciso instante recordé las flores que se me habían caído, ya era tarde para volver a buscarlas no quería que eso ojos azules me desnudaran con su irreverencia y arrogancia. Y debo confesar, con toda la humildad que amerita el caso, más de una noche se me fueron las horas pensando en ellos.
Entre en la cocina, que supuse desierta, pero para mi asombro lo que encontré fue unos ojos azules y un mantelito blanco entre sus manos, frente a mi, erguida como una muralla impenetrable, pese a lo menudo que era su cuerpo. Fue casi como si me abofetearan en plena cara por haberme atrevido a mirar un funeral sin invitación previa. Se que mis ojos delataban una disculpa expresa, pero mi boca no hallaba palabras ni mi alma fuerza para emitir alguna. Finalmente, y haciendo gala de coraje y compostura, le di los buenos días como si no la hubiese visto antes y ella respondió de la misma manera. Pase a su lado, y de espalda a ella, pregunte por Ana Luisa, la cocinera, y por el estado de salud de su abuela, la cocinera me había comentado, en un encuentro fortuito en el mercado, que había estado algo delicada en los 3 días en que no pasé por allá. Respondió concretamente y desapareció por la puerta con el ave entre las manos, en el preciso instante en que me volví para disculparme por la intromisión.
¿Recuerdan las flores que les dije que llevaba ese día y que torpemente dejé caer ante la ventana al saberme descubierto? Cuando regresaba a mi casa las vi colocadas sobre un pequeño montículo de tierra que estaba bajo un cedro cercano a la casona, me supuse que era el ave que allí había sido enterrada, y pensé, como si hubiese hecho un favor extraordinario, que en algún momento me agradecería por ellas. Obviamente me quede esperando, nunca me dio las gracias.





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